LA ISLA DEL TESORO

     "=La Guardia Blanca.=--Es el título de una novela escrita en inglés
     por Conan Doyle y publicada en español por la casa de Appleton de
     Nueva York, que acabamos de leer con toda complacencia, una vez que
     reune á su ingenio y fácil lenguaje, un tema muy bien urdido y
     descripciones sumamente interesantes. En la Guardia Blanca
     encontramos episodios históricos de la Edad Media trazados con una
     naturalidad pasmosa, de tal modo bien pintados los cuadros, de tal
     manera descritas las costumbres, que le parece á uno encontrarse en
     aquella edad y trabar conocimiento con los personajes. Comienza la
     acción en un convento de monjes, presentado con todos sus
     adminículos de mano maestra y luego se desarrolla la trama con
     creciente interés, descollando en medio de aquel ruido de armas y
     de combates que se repiten á cada momento sin motivo como era la
     usanza entonces, los personajes principales como el barón Morel,
     Dugueslin, el Príncipe Negro y todos los otros que figuran en
     primera línea, que tan vivamente impresiona, el ánimo del lector,
     de la misma manera que el héroe de la novela del joven Roger
     Clinton tan varonil y tan honrado á pesar de haber recibido su
     educación en un convento. En suma la obra de Conan Doyle es una
     preciosa joya de gran valor entre las obras literarias de su mismo
     género. De la misma manera que la Guardia Blanca nos cautivó la
     lectura de otra lindísima novela escrita por Roberto Stevenson con
     el título de Plagiado la cual igualmente es una narración deliciosa
     hecha por un joven que al salir por la vez primera de su pueblo y
     de su hogar, tuvo las más raras y las más inesperadas aventuras.
     Esa obra también fué publicada por la casa de Appleton que siempre
     demuestra el mejor gusto en sus ediciones españolas."--_La Patria_,
     Méjico.

       *       *       *       *       *

     "=El Vicario de Wakefield.=--Mucho tiempo hace ya que leímos una mala
     traducción de esta preciosa novela inglesa. La impresión que
     entonces nos hizo fué tan profunda, que el tiempo no la ha borrado
     todavía. Deseábamos poseer una traducción digna del mérito
     excepcional de esta joya de la literatura inglesa, tan encomiada
     por grandes escritores de diversos países. Este deseo vino á
     satisfacerlo el ejemplar que hemos recibido de tan atractiva como
     moralizadora obra traducida directamente del inglés al español y
     editado por los Sres. D. Appleton y Cía., de Nueva York."--_La
     Escuela Primaria_, Mérida de Yucatán.

[Illustration: MAPA DE LA ISLA DEL TESORO

TRAZADO POR EL CAPITÁN FLINT.]




                          LA ISLA DEL TESORO

                      _NOVELA ESCRITA EN INGLÉS_

                                  POR
                        ROBERTO LUIS STEVENSON

                       TRADUCIDA AL ESPAÑOL POR
                           MANUEL CABALLERO

                            QUINTA EDICIÓN

                              NUEVA YORK
                   D. APPLETON Y COMPAÑÍA, EDITORES
                           5TH AVENUE NO 72

                                 1901

                           COPYRIGHT. 1886,
                      BY D. APPLETON AND COMPANY.

                        _All rights reserved._

_La propiedad de esta obra está protegida por la ley en varios países,
    donde se perseguirá á los que la reproduzcan fraudulentamente._




PRÓLOGO DE LA EDICIÓN ESPAÑOLA


En el campo abundantísimo de la moderna literatura inglesa, la casa de
Appleton no ha tenido sino el embarazo de la elección, para decidir qué
obra debería ocupar el segundo lugar en la colección de novelas
inaugurada con el aplaudido "Misterio..." de Hugo Conway.

Roberto Luis Stevenson ha sido el autor elegido, y si la traducción no
ha sido tal que borre todos los méritos del original, ya encontrarán no
poco que aplaudir y más aún con que solazarse los lectores
hispanoamericanos.

_La Isla del Tesoro_ no tiene la pretensión de ser una novela
trascendental encaminada á mejorar las costumbres ó censurar los hábitos
de un pueblo. No entran en ella en juego todas esas pasiones candentes
cuyo hervidero llena las modernas obras de ficción con miasmas que hacen
daño. El lector que busca en libros de este género un mero solaz que
refresque su espíritu, después de largas horas de un pesado trabajo
moral ó material, no se verá aquí detenido por disertaciones inoportunas
ni problemas ociosos. Nada de eso.

_La Isla del Tesoro_ es una narración llana, un romance fácil, un cuento
sabroso con un niño por héroe, y que, á pesar de sus peripecias
dramáticas y conmovedoras, conserva en todo el discurso del libro una
pureza y una sencillez tales que no habrá hogar, por mucha severidad
que impere en él, del cual pueda desterrársele con razón.

Stevenson se propuso, además, describir con esa difícil facilidad que
parece ser un secreto suyo, esas escenas y aventuras marinas en que el
lector percibe, desprendiéndose de la sencilla narración, ya el olor
acre de las brisas de la playa, ya el rumor de la pleamar deshaciéndose
contra las rocas, ya el eco monótono de los cantos de marineros y
grumetes empeñados en la maniobra.

La fábula es sencilla pero perfectamente verosímil; con sólo que se
recuerden los horrores que realizaron en los mares que dividen el
Antiguo del Nuevo Continente aquellas hordas de piratas ingleses que
tantas veces abordaron las naos de Nueva España y del Perú, se comprende
la posibilidad de ese feroz Capitán Flint que, tras de adquirir un
tesoro por la rapiña y la audacia, lo esconde en el corazón de una isla
desierta para excitar con él, á su muerte, la avaricia y la sed de oro
de sus mismos cómplices.

_La Isla del Tesoro_ ha sido juzgada de la manera más favorable por los
más severos críticos ingleses, y es de esperarse que, salvo lo que pueda
haberla depreciado la traducción, encuentre una acogida que corresponda
al mérito del original, no menos que al empeño con que la casa de los
Sres. Appleton han llevado á cabo la edición española.

MANUEL CABALLERO.

NUEVA YORK, _Julio de 1886_.

[Illustration]




LA ISLA DEL TESORO




PARTE I

_EL VIEJO FILIBUSTERO_




CAPÍTULO I

EL VIEJO LOBO MARINO EN LA POSADA DEL "ALMIRANTE BENBOW"


Imposible me ha sido rehusarme á las repetidas instancias que el
Caballero Trelawney, el Doctor Livesey y otros muchos señores me han
hecho para que escribiese la historia circunstanciada y completa de la
Isla del Tesoro. Voy, pues, á poner manos á la obra contándolo todo,
desde el _alfa_ hasta el _omega_, sin dejarme cosa alguna en el tintero,
exceptuando la determinación geográfica de la isla, y esto tan solamente
porque tengo por seguro que en ella existe todavía un tesoro no
descubierto. Tomo la pluma en el año de gracia de 17--y retrocedo hasta
la época en que mi padre tenía aún la posada del "_Almirante Benbow_," y
hasta el día en que por primera vez llegó á alojarse en ella aquel viejo
marino de tez bronceada y curtida por los elementos, con su grande y
visible cicatriz.

Todavía lo recuerdo como si aquello hubiera sucedido ayer: llegó á las
puertas de la posada estudiando su aspecto, afanosa y atentamente,
seguido por su maleta que alguien conducía tras él en una carretilla de
mano. Era un hombre alto, fuerte, pesado, con un moreno pronunciado,
color de avellana. Su trenza ó coleta alquitranada le caía sobre los
hombros de su nada limpia blusa marina. Sus manos callosas, destrozadas
y llenas de cicatrices enseñaban las extremidades de unas uñas rotas y
negruzcas. Y su rostro moreno llevaba en una mejilla aquella gran
cicatriz de sable, sucia y de un color blanquizco, lívido y repugnante.
Todavía lo recuerdo, paseando su mirada investigadora en torno del
cobertizo, silbando mientras examinaba y prorrumpiendo, en seguida, en
aquella antigua canción marina que tan á menudo le oí cantar después:

    "_Son quince los que quieren el cofre de aquel muerto
       Son quince ¡yo--ho--hó! son quince ¡viva el rom!_"

con una voz de viejo, temblorosa, alta, que parecía haberse formado y
roto en las barras del cabrestante. Cuando pareció satisfecho de su
examen llamó á la puerta con un pequeño bastón, especie de espeque que
llevaba en la mano, y cuando acudió mi padre, le pidió bruscamente un
vaso de rom. Después que se le hubo servido lo saboreó lenta y
pausadamente, como un antiguo catador, paladeándolo con delicia y sin
cesar de recorrer alternativamente con la mirada, ora las rocas, ora la
enseña de la posada.

--Esta es una caleta de buen fondo--dijo en su jerga marina--y al mismo
tiempo una taberna muy bien situada. ¿Mucha clientela, patrón?

--Nó, le respondió mi padre, bastante poca, lo cual es tanto más
sensible.

--Bueno, dijo él, entonces este es el camarote que yo necesito. Hola,
tú, grumete, le gritó al hombre que rodaba la carretilla en que venía su
gran cofre de á bordo, trae acá esa maleta y súbela. Pienso fondear aquí
un poco. Y luego prosiguió:--Yo soy un hombre bastante llano; todo lo
que yo necesito es rom, huevos y tocino y aquella altura que se vé allí
para estar á la mira de las embarcaciones. ¿Quieren Vds. saber cómo han
de llamarme? llámenme Capitán. ¡Oh! ¡ya sé lo que van á pedirme! Al
decir esto arrojó tres ó cuatro monedas de oro en el umbral y añadió con
un tono de altivez y una mirada tan orgullosa como de un verdadero
Capitán:--¡Avisarme cuando se acabe eso!

Y la verdad es que, aunque su pobre traje no predisponía en su favor, ni
menos aún su lenguaje tosco, no tenía absolutamente el aspecto de un
tramposo, sino que parecía más bien un marino, un maestro de embarcación
acostumbrado á que se le obedezca como á Capitán. El muchacho que traía
la carretilla nos refirió que la posta ó coche del correo lo había
dejado la víspera por la mañana en la posada del "_Royal George_," que
allí se informó qué albergues había á lo largo de la costa, y que
habiendo oído buenos informes probablemente acerca del nuestro, y
habiéndosele descrito como muy poco concurrido, lo había elegido de
preferencia á todos los demás para su residencia. Eso fué todo lo que
pudimos averiguar acerca de nuestro huésped.

El Capitán era habitualmente un hombre de muy pocas palabras. Todo el
día se lo pasaba, ya vagando á orillas de la caleta, ó ya encima de las
rocas, con un largo telescopio ó anteojo marino. Por las noches se
acomodaba en un rincón de la sala, cerca del fuego y se consagraba á
beber rom y agua con todas sus fuerzas. Las más veces no quería
contestar cuando se le hablaba: contentábase con arrojar sobre el que le
dirijía la palabra una rápida y altiva mirada, y con dejar escapar de su
nariz un resoplido que formaba en la atmósfera, cerca de su cara, una
curva de vapor espeso. Los de la casa y nuestros amigos y clientes
ordinarios pronto concluimos por no hacerle caso. Día por día, cuando
llegaba á la posada, de vuelta de sus vagabundas excursiones, preguntaba
invariablemente si no se había visto algunos marineros atravesar por el
camino. Al principio nos pareció que la falta de camaradas que le
hiciesen compañía era lo que le obligaba á hacer esa constante pregunta;
pero muy luego vimos que lo que él procuraba más bien era evitarlos.
Cuando algún marinero se detenía en la posada, como lo hacían entonces y
lo hacen aún los que siguen el camino de la costa para Brístol, el
Capitán lo examinaba al través de las cortinas de la puerta, antes de
entrar á la sala, y ya se sabía que, cuando tal concurrente se
presentaba, él permanecía invariablemente mudo como una carpa.

Para mí, sin embargo, no había mucho de misterio ni de secreto en sus
alarmas, en las cuales tenía yo cierta participación. Un día me había
llamado aparte y sigilosamente me había prometido darme una pieza de
cuatro peniques el día primero de cada mes con la sola condición de que
estuviese alerta, y le avisara, en el momento mismo en que descubriera,
la aparición de un "marino con una sola pierna." Con frecuencia, sin
embargo, cuando el día primero del mes iba yo á reclamar mi salario
prometido, no me daba más respuesta que su habitual y formidable
resoplido de la nariz y clavar sus ojos airados en los míos, obligándome
á bajarlos; pero antes de que se hubiera pasado una semana, ya estaba yo
seguro de que su parecer habría cambiado y lo veía, en efecto, venir á
mí trayéndome espontáneamente mi moneda de cuatro peniques, no sin
reiterarme sus órdenes de estar alerta para avisarle la aparición de
aquel "marino con una sola pierna."

Imposible me sería contar hasta qué punto ese esperado personaje turbaba
y entristecía mis sueños. En las noches tempestuosas, cuando el viento
hacía estremecer los cuatro ángulos de nuestra casa y cuando la marea
bramaba despedazando sus olas á lo largo de la caleta y sobre los
abruptos riscos, yo le veía aparecérseme en sueños en mil formas
diversas y con mil expresiones diabólicas. Ya era la pierna cortada
hasta la rodilla, ya desarticulada desde la cadera; ya se me aparecía
como una especie de criatura monstruosa que jamás había tenido sino una
sola pierna, y ésa de forma indescriptible. Otras ocasiones lo veía
saltar y correr y perseguirme por zanjas y vallados, lo cual constituía,
por cierto, la peor de todas mis pesadillas. Hay que convenir, pues, en
que pagaba yo bien cara mi pobre soldada mensual de cuatro peniques, con
aquellas visiones abominables.

Pero si bien es cierto que tal era mi terror á propósito del marino de
una pierna, también es verdad que, por lo que respecta al Capitán mismo,
le tenía yo mucho menos miedo que cualquiera de los que lo conocían.
Había algunas noches en que se permitía tomar mucho más rom del que
podía razonablemente tolerar su cabeza. Entonces se le veía sentarse y
entonar sus perversas y salvajes viejas cántigas marinas de que ya nadie
hacía caso. Pero á veces le ocurría pedir vasos para todos y forzaba á
su tímido y trémulo auditorio á escuchar sus patibularias historias ó á
formar un coro á sus siniestras canciones. Con frecuencia oía yo á la
casa entera estremecerse con aquel estribillo:

    "_El diablo ¡yo--ho--hó! el diablo ¡viva el rom!_"

en el que todos los vecinos se le unían por amor á sus vidas, con el
temor de que aquel ogro les diese la muerte, y cada cual procurando
levantar la voz más que el compañero de al lado, á fin de no llamar la
atención por su negligencia, porque en aquellos accesos el Capitán era
el compañero más intolerante y arrebatado que se ha conocido. Á veces
golpeaba bruscamente con su callosa mano sobre la mesa para imponer
silencio absoluto á los circunstantes; otras, se dejaba arrebatar á un
ímpetu de cólera salvaje á la menor pregunta y en otras le producía el
mismo efecto el que ninguna se le dirijiese, porque decía que la
concurrencia no estaba atendiendo á su narración. Por ningún motivo
hubiera él consentido en que alma nacida abandonase la posada hasta que,
sintiéndose ya completamente ebrio y soñoliento él mismo, se iba
tambaleando á tirarse sobre su cama.

Sus cuentos y narraciones era lo que á las gentes espantaba más que
todo. Horribles historias eran, por cierto; historias de ahorcados,
castigos bárbaros como el llamado "_paseo de la tabla_" y temerosas
tempestades en el mar y en el Paso de Tortugas--y salvajes hazañas y
abruptos parajes en el Mar Caribe y costa firme. Según sus narraciones
debió pasar su vida entera entre los hombres más perversos que Dios ha
permitido que crucen sobre los mares; y el lenguaje que usaba para
contar todas sus historias disgustaba á aquel sencillo auditorio de
campesinos, casi tanto como los crímenes espantosos que describía con
él. Mi padre siempre estaba diciendo que la posada concluiría por
arruinarse, porque las gentes pronto dejarían de concurrir á ella para
que se las tiranizase allí, y se las asustara y se las mandara á acostar
horripiladas y estremeciéndose; pero yo creo que, al contrario su
presencia no dejó de sernos de algún provecho. Las gentes comenzaron por
tenerle un miedo atroz pero á poco, según hoy puedo recordarlo, ya
empezaban á gustar de él. Porque, á la verdad, el Capitán era una fuente
de valiosas emociones, enmedio de aquella quieta y sosegada vida del
campo. Algunos de los más jóvenes de nuestros vecinos no le escatimaban
ya ni su misma admiración, llamándole un verdadero lobo marino, un
tiburón legítimo y otros nombres parecidos, agregando que hombres de su
ralea son precisamente los que hacen que el nombre de Inglaterra sea
temido y respetado sobre el océano.

Pero también, en cierto modo no dejaba de llevarnos bonitamente hacia la
ruina; porque su permanencia se prolongaba en nuestra casa semana tras
semana, y después un mes tras de otro, de tal manera que ya las monedas
de oro aquellas habían sido más que devengadas, sin que mi padre se
hiciese el ánimo de insistir demasiado en que renovase la exhibición. Si
alguna vez se permitía indicar algo, el Capitán resoplaba por el fuelle
de su nariz de una manera tan formidable que casi se pudiera decir que
bramaba y con su feroz mirada arrojaba á mi pobre padre fuera de la
habitación. Yo lo ví, con frecuencia, después de tales repulsas,
retorcerse los manos desesperadamente y tengo la certeza de que, el
fastidio y el terror que se dividían su existencia contribuyeron
grandemente á acelerar su anticipada é infeliz muerte.

En todo el tiempo que vivió con nosotros el Capitán no hizo el menor
cambio en su traje, sino fué el comprarse algunos pares de medias,
aprovechando el paso casual de un buhonero. Habiéndosele caído una de
las alas de su sombrero, no se ocupó de reducir á su lugar primitivo
aquel colgajo que era para él una gran molestia, sobre todo, cuando
hacía viento. Me acuerdo todavía de la miserable apariencia de su jubón
que remendaba, él en persona, arriba en su habitación y que, antes de su
muerte, no era ya otra cosa más que remiendos. Jamás escribió ni recibía
carta alguna, ni se dignaba hablar á nadie que no fuese de los vecinos
que él conocía por tales, y aun á éstos hacíalo solamente cuando bullían
en su cabeza los espíritus del rom. En cuanto al gran cofre de á bordo,
ninguno de nosotros había logrado verlo abierto.

Solamente una vez sufrió un verdadero enojo, lo cual sucedió poco antes
de su triste fin, en ocasión en que la salud de mi padre estaba ya
declinando en una pendiente, que acabó por llevarlo hasta el sepulcro.
El Doctor Livesey vino una vez con cierto retardo, por la tarde, con el
objeto de ver á su enfermo; tomó alguna ligera comida que le ofreció mi
madre y se entró, en seguida, á la sala, para fumar su puro, en tanto
que le traían su caballo desde el pueblo, porque en la posada carecíamos
de bestias y de caballerizas. Yo me fuí tras él y me acuerdo haber
observado el contraste que ofreció á mis ojos aquel doctor fino y
aseado, de cabellera empolvada, tan blanca como la nieve, de vivísimos
ojos negros y maneras gratas y amables, con aquellos retozones palurdos
del campo; y más que todo con el sucio, enorme y repugnante espantajo de
pirata de nuestra posada, que se veía sentado en su rincón habitual,
bastante avanzado ya á aquella hora en su embriaguez cuotidiana, y
recargando sus brazos musculosos sobre la mesa. De repente nuestro
huésped comenzó á canturriar su eterna canción:

    "_Son quince los que quieren el cofre de aquel muerto_
       _Son quince ¡yo--ho--hó! son quince ¡viva el rom!_
     _El diablo y la bebida hicieron todo el resto,_
       _El diablo ¡yo--ho--hó! el diablo ¡viva el rom!_"

Al principio me había yo figurado que el cofre del muerto que él cantaba
sería probablemente aquel gran baúl suyo que guardaba arriba en su
cuarto del frente de la casa, y este pensamiento no había dejado de
mezclarse confusamente en mis pesadillas con la figura del esperado
marino de una sola pierna. Pero cuando sucedió lo que ahora refiero, ya
todos habíamos dejado de conceder la más pequeña atención al extraño
canto de nuestro hombre que, con excepción del Doctor Livesey, no era ya
nuevo para nadie. Pude observar, sin embargo, que al Doctor no le
producía un efecto de los más agradables, porque le ví levantar los ojos
por un momento, con un aire de bastante disgusto, hacia el Capitán,
antes de comenzar una conversación que emprendió enseguida con el viejo
Taylor, el jardinero, acerca de una nueva curación para las afecciones
reumáticas. Entre tanto el Capitán parecía alegrarse al sonido de su
propia música, de una manera gradual, hasta que concluyó por golpear con
su mano sobre la mesa de aquella manera brusca y autoritativa que todos
nosotros sabíamos muy bien que quería decir: "¡Silencio!" Todas las
voces callaron á la vez, como por encanto, excepto la del Doctor Livesey
que continuó dejándose oir imperturbablemente clara y agradable,
interrumpida solamente, por las vigorosas fumadas que daba á su puro
cada dos ó tres palabras. El Capitán lo miró fijamente por algunos
momentos, volvió á golpear sobre la mesa, le lanzó una nueva mirada más
terrible todavía y concluyó por vociferar, con un villano y soez
juramento:

--¡Silencio, allí, los del entre-puente!

--¿Es á mí á quien Vd. se dirijía? preguntó el Doctor, á lo cual nuestro
rufián contestó que sí, no sin añadir otro juramento nuevo.

--No le replicaré á Vd. más que una cosa, dijo el Doctor, y es que si
Vd. continúa bebiendo rom como hasta aquí, muy pronto el mundo se verá
libre de una bien asquerosa sabandija.

Sería inútil pretender describir la furia que se apoderó del viejo al
escuchar esto. Púsose en pie de un salto, sacó y abrió una navaja marina
de gran tamaño y balanceándola abierta sobre la palma de la mano
amenazaba clavar al Doctor contra la pared.

El Doctor no hizo el más pequeño movimiento. Tornó á hablarle de nuevo,
lo mismo que antes, por encima de su hombro y con el mismo tono de voz,
solo un poco más alto de manera que oyesen bien todos los circunstantes,
pero con la más perfecta calma y serenidad:

--Si no vuelve Vd. esa navaja al bolsillo en este mismo instante, le
juro á Vd. por quien soy que será ahorcado en la próxima reunión del
Tribunal del Condado.

Siguióse luego un combate de miradas entre uno y otro, pero pronto el
Capitán hubo de rendirse, guardó su arma y volvió á su asiento gruñendo
como un perro que ha sido mordido.

--Y ahora, amigo--continuó el Doctor--desde el momento en que me consta
la presencia de un hombre como Vd. en mi distrito, puede Vd. estar
seguro de que ni de día ni de noche se le perderá de vista. Yo no soy
solamente un médico, soy también un magistrado; así es que, si llega
hasta mí la queja más insignificante en su contra, aunque no sea más que
por un rasgo de grosería como el de esta noche, ya sabré tomar las
medidas más del caso para que se le dé á Vd. caza y se le arroje del
país. Haga Vd. que baste con esto.

Poco después llegó á la puerta la cabalgadura, y el Doctor Livesey
partió en ella sin dilación. Pero el Capitán se mantuvo pacífico aquella
noche y aun otras muchas de las subsecuentes.